domingo, 25 de febrero de 2007


Ana Frank escribiendo en su Diario



Con cara soñadora
Del Diario de Ana Frank.

23 de febrero de 1944

ª El que se sienta abandonado, triste o preocupado, que vaya donde pueda estar solo, solo con el cielo, la naturaleza y Dios. Entonces, sólo entonces, comprenderá que todo es como debe ser y que Dios quiere ver feliz al hombre y por eso le ha rodeado de cosas bellas. Mientras sea así, y así deberá ser siempre, yo sé que, en cualquier circunstancia, hay un consuelo para cada pena, y creo firmemente que la naturaleza alivia muchos pesares ª.

ª Carecemos de muchas cosas, y desde hace tiempo. Lo siento tan bien como tú. No estoy hablando de cosas externas. De eso tenemos bastante. No, hablo de cosas que nos hacen vibrar interiormente. Ansío, tanto como tú, tener libertad y poder respirar a pleno pulmón, pero ahora creo que, por estas privaciones, estamos ampliamente recompensados. Lo comprendí de pronto, esta mañana, al mirar por la ventana. Al mirar hacia fuera y percibir la existencia de Dios en lo más profundo de la naturaleza, me sentí feliz, completamente feliz. Peter, mientras conservemos en nosotros esta facultad, la facultad de gozar de la naturaleza y de la salud, nunca podremos sentirnos desgraciados. La riqueza, el prestigio, todo puede perderse, pero, si conservamos la alegría del corazón, podremos seguir siendo felices mientras vivamos. Mientras podamos mirar al cielo sin temor sabremos que conservamos el corazón puro y que, pase lo que pase, podremos volver a ser felices.ª



P.D.: El cuatro de agosto de 1944, la Feld-Polizei los detuvo y fueron enviados a campos de concentración. En marzo de 1945, Ana murió en Bergen-Belsen, dos meses antes de la liberación de Holanda.
EL AMOR


Dijo Almitra: Háblanos del Amor.

Y él levantó la cabeza, miró a la gente y una quietud
descendió sobre todos. Entonces, dijo con gran voz:

Cuando el amor os llame, seguidlo. Y cuando su camino sea duro y difícil. Y cuando sus alas os envuelvan, entregaos. Aunque la espada entre ellas escondida os hiriera.

Y cuando os hable, creed en él. Aunque su voz destroce vuestros sueños, tal cómo el viento norte devasta los jardines.

Porque, así como el amor os corona, así os crucifica. Así como os acrece, así os poda.

Así como asciende a lo más alto y acaricia vuestras más tiernas ramas, que se
estremecen bajo el sol, así descenderá hasta vuestras raíces y las sacudirá en un abrazo con la tierra.

Como trigo en gavillas él os une a vosotros mismos.

Os desgarra para desnudaros.

Os cierne, para libraros de vuestras coberturas.

Os pulveriza hasta volveros blancos.

Os amasa, hasta que estéis flexibles y dóciles.

Y os asigna luego a su fuego sagrado, para que podáis convertiros en sagrado pan para la fiesta sagrada de Dios.

Todo esto hará el amor en vosotros para que podáis conocer los secretos de vuestro corazón y convertiros, por ese conocimiento, en un fragmento del corazón de la Vida.

Pero si, en vuestro miedo, buscareis solamente la paz y el placer del amor, entonces, es mejor que cubráis vuestra desnudez y os alejéis de sus umbrales, hacia un mundo sin primaveras donde reiréis, pero no con toda vuestra risa, y lloraréis, pero no con todas vuestras lágrimas.

El amor no da nada más a sí mismo y no toma nada más que de sí mismo.

El amor no posee ni es poseído. Porque el amor es suficiente para el amor.

Cuando améis no debéis decir: «Dios está en mi corazón», sino más bien: «Yo estoy en el corazón de Dios.»

Y pensad que no podéis dirigir el curso del amor porque él si os encuentra dignos, dirigirá vuestro curso.

El amor no tiene otro deseo que el de realizarse.

Pero, si amáis y debe la necesidad tener deseos, que vuestros deseos sean éstos:

Fundirse y ser como un arroyo que canta su melodía a la noche.

Saber del dolor de la demasiada ternura.

Ser herido por nuestro propio conocimiento del amor.

Y sangrar voluntaria y alegremente.

Despertarse al amanecer con un alado corazón y dar gracias por otro día de amor.

Descansar al mediodía y meditar el éxtasis de amar. Volver al hogar con gratitud en el atardecer.

Y dormir con una plegaria por el amado en el corazón y una canción de alabanza en los labios.


Khalil Gibrán